De todo el viaje, la llegada a Vietnam ha sido lo más pesado, por decirlo de una forma. En Japón estabámos frescos y
ávidos de caminar, de comer, de respirar todo a nuestro alrededor.
Los jardines y templos de Kioto tienen una energía serena, la gente
es tan respetuosa y amable que no los quieres incomodar con tu
presencia. A donde mires hay un detalle o una estructura diseñada
para la contemplación, sentí por primera vez un flujo de energía en
equilibrio, aquello que seguramente se obtiene a través de la
meditación Zen.
Los trenes son precisos, en todo hay una lógica y una cultura de colectividad, de tomar en cuenta al otro. Como los
sonidos en los semáforos para los ciegos y las señales en el suelo
(un camino con otra textura para indicar las banquetas, escaleras,
etc.). Con mucha frecuencia, entre los edificios y casas, subsisten
templos sintoístas. La espiritualidad está muy presente a pesar de
ser un pueblo sumamente pragmático.
En Tailandia fue llegar a un mundo opuesto. Un caos, hermoso, intenso, ruidoso y lleno de aromas y colores. Sin embargo, cuando estás a punto de agobiarte por el calor, el ruido y el tráfico, encuentras un templo… El incienso a
la entrada ya te prepara para olvidar por unos momentos donde
estás. Y ante la imagen de un resplandeciente Buda, hay que
hincarse y saber detener el tiempo. Observar las ofrendas, las
flores y frutas, y todos los grabados en las paredes y puertas que
cuentan historias ancestrales, místicas.
Afuera continúa la vida a un ritmo acelerado… Los tuk-tuk se abren paso entre camiones,
autos y peatones. Los mercados, pequeños o inmensos, atraen a
millones de personas, ofreciendo todo lo que se puede imaginar,
legal o ilegal. Para restaurarse nada como las delicias culinarias
tailandesas, de lo más simple como un sticky rice con mango, hasta
platillos mucho muy complejos con fideos, mariscos, verdura,
chiles, lemongrass y leche de coco. Y para aliviar a nuestros
pobres cuerpos que hemos sobre trabajado, el masaje Thai lo acomoda
todo en su lugar y te deja completamente relajado.
Por eso cuando llegamos a Vietnam, y que desde el aeropuerto lo primero que te
dicen con tono militar es: “¿Primera vez que viene? ¿Tiene visa?
Fórmese aquí!” ya te sientes intimidado. Hay que batallar para que
el taxista use taxímetro. El cuerpo también batalla para ubicarse
en otro lugar, otro clima. Un calor sofocante y contaminado por las
miles de motos y los claxonazos constantes nos espera en la calle.
A las pocas horas mi cabeza está explotando, una migraña (supongo
que eso fue) me oprime el cráneo y me dan nauseas. Seguramente por
la deshidratación, el cansancio… Los choques térmicos y
culturales. “Ya descansaremos en la playa, en Nha Trang”. Solo que
para llegar hay que tomar el tren. Y cuando quisimos comprar
boletos para el vagón con camas… Por supuesto ya no había. Solo
quedaba ir de día, en el vagón de clase infrahumana, “hard seats,
no air conditioner”. Nueve horas. Todo sea por viajar.
Cuando vi que los “hard seats” eran bancas de madera para dos y tres personas
de cada lado, que el espacio para el equipaje era una plancha de
metal a los costados prácticamente llena, que ya la mayoría de los
pasajeros se habían atrincherado en sus lugares, me quería dar la
vuelta y regresar. Ventiladores pegados al techo apenas servían
para mezclar nuestros vapores humanos. @nebicio quedó de un lado
del pasillo y yo del otro. En el espacio para poner mis pies,
apenas entró mi mochila.
A la 1:10 PM partimos de Ho Chi Minh City (Saigon). A mi lado, una voz suave me preguntó en inglés de dónde somos. ¡Mexico! “I live in the US, in California”, dijo el señor a
mi lado. También era la primera vez que viajaba en el vagón más
jodido del tren. Igual que nosotros, el día anterior quiso comprar
los boletos de ‘cama suave’ y no pudo, debido a que el 30 de abril
es fiesta nacional. En 1975 en este día, Saigon aceptó su derrota
ante las fuerzas de Vietnam del Norte y marcó el fin de la guerra.
Saigón se llamó desde entonces Ho Chi Minh City, en honor al
General, líder del Viet Minh. El año siguiente el norte y el sur
del país se unieron bajo un gobierno comunista, el cual abrió el
mercado a la iniciativa privada 10 años después. Por eso, ahora
persiste una extraña mezcla de la arquitectura austera y recta del
régimen comunista, con boutiques de Gucci y Burberry, e incontables
puestos de comida callejera ocupando las banquetas, junto con las
miles de motocicletas que transportan a la mayor parte de los
habitantes, y que nos han hecho sudar de más cada vez que tenemos
que cruzar una calle. No queda de otra más que aventarse y mirar de
cada lado, esperando que no te atropellen. Los vietnamitas nos
miran con enojo, o si no, con signos de dólares en los ojos, como
si fuéramos carteras andantes. “Hello, where do yo go? I take you”.
Decir ‘No’ una sola vez nunca basta. Y sin embargo, en el tren,
ante la intimidad forzada que te da compartir un espacio tan
reducido durante horas, todos bajamos la guardia. Ellos se muestran
sonrientes y curiosos, intentan conversar con nosotros. Quizá de
pronto, demasiada confianza, al colocar un pequeño tatami o tapete
en el espacio para los pies, para acostarse. Con permiso… Aquí
duermo yo, a ver los demás cómo le hacen. Lo peor, para mí, del
viaje, fue tener que ir al baño… Un cubículo para todos, a la
turca… Y eso que yo ya me siento experta en este tipo de wc, pero
a ello hay que agregar el movimento del tren, el calor asfixiante,
la sensación de mugre pegada por todo el cuerpo. Un fóbico de
gérmenes aquí se muere. Dicho eso, fue fascinante ver un poco del
paisaje rural de Vietnam, algunos campos de arroz, los cactus donde
crecen las pitayas que exportan al resto del mundo. Y sobre todo
poder hablar con un vietnamita, aunque residente de otro país, que
me ayudó a entender mejor esta cultura. “Son duros, se pelean, no
son muy amables. Pero han sobrevivido a tantas cosas… La invasión
china, la invasión francesa, la guerra entre el norte y el sur, las
atrocidades cometidas por el ejército norteamericano. Son
guerreros, son sobrevivientes”. Vietnam ha sido difícil de acceder,
de comprender… Pero eso lo ha hecho de los países más
interesantes que he visitado, cuesta trabajo adaptarse y hacerse
camino pero, por ello, es de las experiencias más ricas, de las que
más tiempo perduran en la memoria.
