Al igual que millones de niñas en el mundo, mi juguete favorito era la muñeca Barbie. No recuerdo cuál fue la primera que tuve, pero en algún momento llegué a tener alrededor de 30, incluyendo algunas de colección como La Sirenita, La Bella (de La Bella y la Bestia) y Cenicienta (sí, también era fan de Disney), que son las únicas que conservo en una caja para la posteridad. Estas chicas de cabello rubio y bronceado perfecto eran mi tesoro y estaba convencida de que nadie las trataba mejor que yo. Nunca las dejé estar despeinadas o mal vestidas, cuidaba mucho no perder ninguno de sus accesorios originales y, cada vez que podía, les compraba nuevos zapatos en un puesto del tianguis cerca de mi casa. Mis Barbies eran casi siempre doctoras o veterinarias (en la época en la que estaba segura que yo sería una excelente doctora de animales), también jugaba a que eran maestras o bailarinas, y nunca necesitaron mucho a Ken para ser felices.

Barbie ha existido desde hace 50 años. De ser una mujer confinada a las labores de la casa ha evolucionado y cambiado hasta ser astronauta, presidente o embajadora de la ONU. Ha cambiado de rasgos y medidas, de peinados y look a lo largo de este tiempo. La han vestido diseñadores como Dior y Armani y ha representado culturas como la india o la mexicana. Aspiracional o representativa de lo femenino, Barbie sigue siendo la muñeca más famosa en el mundo.

A propósito de la expo Barbie, 50 años de historia, moda y diseño, en el Museo Franz Mayer, que me llevó por unos instantes al pasado, cuando imaginaba que quería ser bailarina o veterinaria.