Son las 4 a.m. Falta un par de horas para que salga el sol cuando descargan los trailers, pick-ups y otro tipo de vehículos de gran tamaño en los andenes del “Mercado de subastas y productos”, donde cada día se negocia el precio del maíz, cebolla, naranja o chile serrano por tonelada, al estilo de la bolsa de valores. Los corredores compran por camión, y de ahí se van a distribuir al resto del país, por lo general a los supermercados.
6 a.m. El cielo comienza a aclararse y salen personas de todos lados, que van a algún sitio con prisa. Nos lleva “la güera”, jefa de nave, que sabe moverse como un ratón que ha dominado su laberinto, en su recorrido por la “OP” y otras naves del mercado de frutas y verduras, una de las cinco grandes áreas en las que se divide la Central de Abasto. De inmediato nos envuelve una nube de olores intensa: del perfume de la guayaba y el aroma del melón maduro a la pestilencia del plátano pasado. Hay que caminar siempre por la orilla en estos largos pasillos y fijarse bien antes de detenerse pues los diableros o carretilleros, no se paran con nada, y traen desde una hasta 15 quince cajas llenas con potencial para destrozar los pies de cualquier despistado. Es un constante rechiflar, una gritería.
7 a.m. Es hora de comer un tamal, puede ser con telera o solo, y un atole de pinole, para asentar el estómago (pero hasta el piso, con esa bomba de maicena). A todas horas se puede comer algo, lo más popular son los tacos de carnitas, los caldos, los sopes y los huaraches. Pero no faltan los jugos de fruta para los que se sienten a dieta por un rato.
Vamos al recorrido por las naves. Al pasar por el área de los chiles, no se puede respirar sin sentir el ardor en la garganta, comienzas a estornudar, a toser, escuchas lo mismo de otros… aunque algunos se han hecho inmunes.
Los diableros invaden el carril central de la nave con sus diablos y esperan a que alguno de los bodegueros los contrate para llevar mercancía. Todos deben estar registrados en el Fideicomiso de la central de Abasto, que les otorga una credencial para identificarse, pero hay muchos que se logran infiltrar y una vez que les han dado la mercancía, desaparecen con ella. La ley del más fuerte… o del más gandalla.
Todo es una constante negociación. “Te encargo esas cajas… no pueden estar ahí”. “Sí, nada más tantito mientras descargamos… ¿no va a llevar un melón?”. Dependiendo del día, regresará por uno para llevarse a casa. “¿De cuáles quiere?”, “de las que le das al patrón” contesta como si no existiera ninguna otra respuesta posible.
En las crujías o pasillos laterales es seguro encontrar cajas y mercancía fuera de lugar. Ahí se ponen siempre los pepenadores, grupos de personas que recogen todo lo que pueden: cajas que quedan olvidadas, producto que sacan de los camiones, buscan entre los desperdicios y aprovechan si hay alguna mercancía (a la vista pero sin supervisión) para juntar todo y venderlo. Unas cinco mujeres, todas bajitas como de 1.45 m, ríen nerviosamente cuando pasamos por ahí. “¿Ahora sí ya me van a hacer caso?”, pregunta Reina. “Sí, sí, ya sabemos que tenemos que obedecer… tú nos dices. ¿No quiere unos jitomatitos pa la salsa?”.
A todos saluda, platica un poco con algunos. En el camino compra una libreta para su hija con un vendedor ambulante (registrado) que ofrece los letreros fosforescentes con los que los marchantes anuncian sus precios y que, además, son muestra del ingenio popular local: “ 3.00 kilo, ah, qué chido”, “5.00 kilo, ¿cuál crisis?”, “2.90 kilo, chulada”, “papas, para freír al 100%”, “mamey, bien chingón”.
En esta pequeña, -bueno, es un decir- ciudad, hay todo: bancos, un cine, un centro comercial, un “Spa para caballeros”, un albergue infantil, ministerio público y hasta registro civil. Pronto se construirá una iglesia. Aunque el dios más venerado será el fajo de billetes.