No hay otro lugar donde la gente pueda ir a hojear las revistas más recientes como en Sanborn’s. En la peluquería o en las oficinas de los médicos con suerte se puede conseguir una revista medio deshojada, de hace varios meses (¡o años!) y ni esperar leer algo sobre los temas que a uno le interesan. Por eso esta tienda tiene algo que otros lugares no. Hay todos los temas que a uno se le ocurran: desde manualidades y decoración, hasta política, viajes y cultura.
Un martes a las cinco de la tarde en una sucursal de Insurgentes en la colonia Roma me asomo para ver, por primera vez no a las revistas, sino a los lectores. Ellos también ofrecen una lectura particular. De inmediato noto que hay un hombre de estatura baja, calvo, de anteojos y que viste un chaleco amarillo con rombos. Me acerco discretamente, miro de reojo y la revista que lee me parece conocida. El diseño es igual al de una revista donde escribo. Pensar que ese extraño pudiera leer algo que yo he escrito me impulsa a abordarlo.
—Hola, ¿qué revista está leyendo?
—Una de luchas —me dice y muestra la portada.
—Ah, cierto. Gracias.
Se derrumbó la inesperada fantasía de ponerle un rostro a uno de quizá dos lectores que tengo. Me corta la inspiración, pero me da la confianza que me hacía falta para preguntarle a un par de personas sobre la revista que están hojeando. El tipo de camisa azul rayada me quiere impresionar. “Soy arquitecto. Me gusta venir y ver revistas de diseño para refrescar las ideas, estar al tanto de nuevos proyectos, materiales, en fin”. El siguiente es un muchacho joven que lee una de deportes. “En realidad, soy fotógrafo y sí compro algunas revistas de ese tema para mi trabajo, pero aprovecho para entretenerme un rato con las de deportes”.
Le doy las gracias y no sé con quién seguir. Me da un poco de risa la manera de vestir de mi primera víctima. El señor calvo de chaleco. Está justo a mi lado, no se ha ido.
Vamos, regreso con él.
—Perdón que vuelva a interrumpirlo pero estoy haciendo un ejercicio y me interesa saber por qué lee una revista de luchas, ¿usted es aficionado?
—No, no, sólo me gusta hojearla… así a veces cuando tengo tiempo, como ahorita vengo saliendo de un taller este, de como se llama, de integración, bueno de, donde manejamos gente que ha pasado por la depresión, la violencia, la angustia, en fin…
—Entonces, ¿no va a las luchas?
—No, no. Yo estoy en esto de, esto de las terapias aquí en Casa de Ángeles cerca de aquí, de Campeche, ¿no lo conoce?
—No, la verdad, no
—Sí, mire, todo esto lo hizo José Ramón, el psicólogo que ha estudiado mucho en Estados Unidos. Yo llegué a él después de pasar por la separación de mi esposa, y —en tono muy bajito agrega— la muerte de mi padre. Pero ahora soy otro. Todos los que entramos ahí, realmente nos cambia la vida.
—Nunca he escuchado de esa terapia, parece milagrosa, ¿lo anuncian en algún lado?
—Sí, en la televisión y por una estación de radio y en internet. Nosotros les enseñamos a controlar el miedo porque, usted debe saber que, todo lo que hace la televisión y las noticias es meterle miedo a la gente, por eso nosotros ya nunca las vemos.
“Entonces la televisión es mala, sobre todo las noticias, pero ese es su medio de difusión”, pienso. Antes de que pueda señalarle la contradicción, el hombre sigue:
—Ah, también mucha gente ha llegado por TAO, una tienda naturista, así y pues mucha gente va llegando solita, como ahorita por ejemplo, tú te acercastes, pues así me ha pasado antes con otras señoras. Mire, estos son los cursos que damos, de, de, de… de Bienestar Integral.
Saca de un morral de piel una libreta, una serie de hojas fotocopiadas y engargoladas con la foto de José Ramón Ramos Silva en la portada. “Ah, ok”, digo con la esperanza de que no se de cuenta que me causa un poco de risa la escena. De hecho, me da curiosidad ver qué contiene el impreso, pero tan pronto me dispongo a tomarlo, el hombre lo usa de utilería para hacer énfasis en su teoría de complot: “Es que desde los 70 todo ha sido dominado para controlar a la gente, para lo que le conviene al gobierno. El Big Brother. La influenza… por supuesto que son puras mentiras. ¿Para qué? para controlar a la gente, para que la gente tenga miedo. Antes, con cinco pesos eras millonario, no tenías problemas en la vida. Ahora son puras mecanicinaciones. ¿Dónde están los sentimientos? Porque le voy a decir la clave de todo, ¿usted sabe qué es?
—¿Hay una clave para todo? No sé, ¿cuál es?
El AMOR. Eso es lo único que puede funcionar. La luz que nos puede iluminar es amor. Eso es lo que le hacemos ver a la gente. Y no nos metemos con ninguna religión, eh. No se trata de eso. Cualquier persona puede venir y ver por sí mismo.
—¿Y usted cree que en esos talleres la gente puede cambiar?
—Por supuesto. Aquí nos han enseñado de que tú mandas el mensaje, ¿ves? Y luego luego ves el cambio, la gente tiene que cambiar. La que no lo haga, se va a ir, ya ves todo lo del 2010 y los mayas. Ha-has-hasta lo han estudiado mucho en la universidad de, de, de… Hogwarts… ¿como se llama… la muy famosa?
—¿Harvard?
—Harvard, esa. Todos somos energía, aunque no lo sepamos. Todo es por la metafísica.
—Ustedes serían mejor que un libro de auto-ayuda entonces…
Mmm, mi-mira, es lo mismo que con el libro este de Secretos. No hay que decir “Quiero un carro”, sino “Deseo un carro”, y lo decretas todo el día, entonces lo vas a conseguir. Sólo haz todo con amor y verás. Si tú realmente lo crees, lo vas a lograr.
by Gina
09 Apr 2010 at 16:34
Cyn: Qué interesante descubrir que cada ser humano es un mundo inimaginable y que las apariencias a veces no tienen absolutamente nada que ver con el interior ni con la personalidad. Lo malo es que no siempre tenemos oportunidad de platicar con la gente que nos rodea, simplemente compartimos la banqueta, el asiento del metro o la fila del banco sin siquiera saber qué traen en la cabeza. Creo que justo cuando hay oportunidad de iniciar una plática con un extraño, ocurre esto que narras en tu crónica, se abre un mundo desconocido para ti. A veces te llevas sorpresa y maravillas y, a veces, todo lo contrario.