Lourdes Ruiz y Alfonso Hernández, foto de @kabosqui

Este mes (octubre) se publicó en la revista Chilango el perfil que hice de Lourdes Ruiz, la campeona del albur. El día que conocí a Lourdes Ruiz llegué tarde a una conferencia en la que ella y Alfonso Hernández, cronista del barrio de Tepito, hablaban de la historia de Tepito y de su lucha cultural.  Lourdes explicaba a un reportero que nació y ha vivido en Tepito, que nunca fue rica pero para sus 15 años sus padres le regalaron un viaje a Europa. Misa en el Vaticano y baile en Viena. Un viaje que no disfrutó nada porque una doctora había dicho que le daba hasta los 15 años para vivir, a consecuencia de un cáncer que le detectaron a los 8 años.

La primera vez que la escuché hablar, Lourdes vestía un mandil y contaba esos eventos que marcaron su vida con una voz ronca que parece jamás quebrarse. Contó cómo a los 8 años descubrió el albur cuando escuchó las carcajadas de unos vendedores de nieves en su vecindad. Y cómo se fijó el propósito de aprender lo que nadie le quería enseñar, a hablar en ese lenguaje propio del mundo que la rodeaba. Un lenguaje que requiere astucia, agilidad y dominar el vocabulario para darle otro sentido a las palabras.

En 1997 Lourdes participó en un torneo de albures organizado por el Museo de la Ciudad de México y dejó a todos callados. Se coronó como la campeona del albur. Un título que nadie le ha quitado en batallas oficiales así como en riñas cotidianas en el puesto que atiende en el tianguis de Tepito. “¿Qué talla, joven, qué talla?” grita a los pasantes.

Ella mantiene una conversación de cualquier tema sin titubeos. De pronto, deja entrever una sonrisa o de plano se ríe porque te ha dicho un albur y no te diste cuenta o quizás sí pero no lo entendiste a la primera. A veces logro regresarle algunas y su risa inunda el lugar. Ella insiste que hace falta la risa. “Hay que reírse aunque sea de nosotros mismos”.

Lourdes da una cátedra sobre cómo hace falta la picardía. Sobre el albur como un ajedrez mental que deberían enseñar semanalmente en todas las escuelas para que los niños mejoraran en matemáticas, física, ciencias… Y para que leyeran con más gusto. Cada mes da un taller de albures gratuito en la Galería José Ma. Velasco, al que acuden casi siempre jóvenes, más mujeres que hombres. “Los hombres vienen por morbo”, dice Lourdes “A ver qué es lo que la mujer va a aprender”. Pero no hay bronca. “Aquí los pantalones los llevan los hombres… ¡pero solo a la tintorería!”, agrega.

Es obvio que ella es la que toma las decisiones en su casa. No extraña que sea una de las “7 cabronas e invisibles de Tepito”, obra de la artista visual catalana Mireia Sallarès, que reúne las historias de vida de siete mujeres del barrio, en formato audiovisual y escrito. “Una cabrona es la que se cae y se levanta”, define Lourdes quien ha sobrevivido al cáncer, y todo lo que eso le acarreó, y se ha dedicado a hacer lo que más le gusta: alburear, vender y con eso, pagarse su casa y los viajes que la han llevado por medio mundo: Israel, Egipto, Italia… Al menos un país de cada continente.

Pero en Tepito está su corazón. Por eso le encabrona que hablen mal de su barrio. Lourdes te mira sin pestañear y dice: “Tepito es un mito nada más. Cuando pasa algo cerca de aquí, todos le avientan la bronca. Todos traen a Tepito en la boca. Cuando me dicen: Tú eres de Tepito, les digo: Yo no soy de Tepito. Tepito es mío. Todo lo que soy, él me lo ha dado. Aquí tengo todo. Mis mejores y mis peores amantes. Mis momentos más tristes y las lágrimas más felices. Y cuando he caído, por muy difícil que sea levantarme, lo cabrona me levanta y me sostiene”.

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