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Qué difícil es encontrar una buena historia. La mayoría del tiempo de un periodista se va en estar atento, escuchando, viendo, buscando, todos los días. Y eso no garantiza que descubramos el próximo gran bombazo. Qué maravilla cuando nos llega una pista, y eso nos lleva a jalar de un hilo y encontrar toda una montaña detrás. Y que podamos entrar, entrevistar, indagar, y publicar esa realidad, para que otros la conozcan.
Hace unos meses me encontró una historia. Involucraba a varios artistas plásticos y algo que tenían en común: dicen haber sido estafados por la misma persona. Un supuesto art dealer que les inspiró la confianza de ‘mover’ su obra. Sólo que una vez vendida, no aparecía ni él ni el pago. Una estafa, al parecer, demasiado fácil de llevar a cabo, y de repetir una y otra vez. Quizá hasta que dejen de creerle. Quizá hasta que se investiguen los casos y se aplique la ley.
Por lo pronto, la historia ya salió. Este mes de septiembre, en la revista Chilango, mi Crónica de una estafa cuenta las distintas versiones. También la del presunto implicado, quien aceptó posar para la cámara, siempre y cuando “no le den las fotos a la policía”.
Aquí pueden leerlo: Chilango.com
Una cosa es el “baby fat” y que los abuelos adoren pellizcar un nieto bien cachetón, pero otra es ver niños de cinco años que pesan lo que uno de 12. Niños cuya dieta consiste en sopas Maruchan, pingüinos y Coca-Cola. Niños que no caben en sus pupitres, ni en los grupos de amigos. Que crecen con falta de aire y con falta de autoestima. Somos el primer país del mundo de obesidad infantil. El segundo de adultos (al menos por ahora). Y quizá pronto será esa misma población la que tenga que lidiar con una epidemia de diabetes, cáncer y otras enfermedades relacionadas con la obesidad. No es para tomarlo a la ligera. Este mes en la revista Marie Claire, hago un recuento de las causas y los daños de este serio problema (Descargar Reporte especial agosto). Lo peor es que no basta con dejar de vender chatarra en las escuelas, mientras los padres no quieran cambiar malos hábitos alimenticios, seremos una nación de obesos.
Seis son los días que faltan para que empiece el Mundial de futbol. Lo sé porque vivo con un fanático de la Copa. Algunas mujeres quieren huir a Timbuctú mientras pasa la euforia. Otras son parte del fenómeno. Yo decidí llevarla en paz, siempre y cuando no me obliguen a ver muchos partidos… y los que vea tienen que estar bien dotados de una cosa: futbolistas guapos, ¡por favor!
A propósito de cómo vivimos este mega evento las mujeres, lean el reporte especial que hice para Marie Claire en la edición de este mes. “Del amor al odio: nosotras y el mundial”.
Entran en pants y sudaderas, con el cabello recogido y caras lavadas, y arrastran maletas y bolsas como de gimnasio hasta los baños, al fondo del local. Una tras otra, las actrices de la noche comienzan el ajetreo habitual de esta calle del centro de la Ciudad de México. Por debajo de la puerta asoman pies que se van acomodando en zapatos de tacón; y por arriba, manos que forcejean con el vestuario cargado de olanes y listones. Los baños para mujeres es un cuarto de 2 x 2 metros, con un dos lavabos y dos minúsculos compartimientos para los WC. Ahí, entre maletas, medias de red, pelucas, estuches de maquillaje y varios pares de zapatos, las cuatro se preparan para otra noche de trabajo.
“Y ahora, con ustedes, Maaadonna”, anuncia el DJ y presentador, enmarcado por una concha gigante que brilla en distintos colores. Corset blanco y shorts de licra, zapatos rojos de tacón, guantes y un cabello rubio de aspecto artificial brincotean por el escenario bajo los efectos de una luz parpadeante. Esta chica material tiene un público que la adora aunque sólo finja que canta, aunque sólo venda la ilusión de ser otra persona, aunque sepamos que no es una chica. Sus bailarines de apoyo son dos hombres de más de 30 años, con una ligera barriga que nos recuerda que aquí lo que importa no es que sean talentosos, sino que sepan crear una fantasía.
Los ídolos gays más cliché nos entretienen uno por uno: Cindy Lauper, Madonna, Cher y Tina Turner, en un primer espectáculo. Más tarde, será el turno de las latinas: Gloria Estefan, Milly Quezada y Doña Celia Cruz. Con el último aplauso salen por un lado del escenario, y salen apresuradamente a la calle aún vestidas y peinadas. Sin descanso, probablemente repiten el mismo número en otro bar a unos cuantos pasos de La Perla.
La misma Tina Turner que nos conquistó con su peluca exagerada y vestido mini de flequillos ahora circula entre las mesas tomando fotografías para la página de internet, y dentro de un par de horas cambiará de peluca y de zapatos para enloquecer al público con “La Vida es un Carnaval”. Cuando baila con su vestido adornado con un borde de peluche blanco, las mesas llenas de vasos vacíos y jarras de cerveza se agitan por unos minutos.
Termina la canción y en segundos la gente vuelve a hacer suya la pista de baile. Las camisas ya están húmedas, alguna muchacha prefirió quitarse los zapatos… como pasaría en muchas de las bodas, se han deshecho los peinados, se ha diluido el maquillaje y las parejitas han perdido la pena inicial. Con música que se consideraba “los éxitos del momento” hace 10 o 15 años, la multitud se entusiasma. Sin que nadie lo note, de los baños salen en fila unas sombra que llevan sus maletas llenas de pestañas falsas y de ilusiones en las que sólo ellas quieren seguir creyendo.
En varias reuniones salió el mismo tema: en París ya no se puede gozar de la noche como antes. El perfil de los vecinos ha cambiado, las leyes se han vuelto más intolerantes y los precios cada vez permiten salir menos. La Ciudad Luz es ahora “La Ciudad del Sueño”. Tanto que miles de personas se han organizado para firmar una petición y presionar al gobierno.
Un reportaje que imaginé de mil formas, que me hizo sudar, llorar y sonreír al verlo publicado en la revista Eme Equis. Aquí está el texto completo.
La ciudad se nos va disolviendo de la mente en una idea confusa. Ahí está, y estamos nosotros en ella, y no la vemos, no la pensamos. Al trazar un recorrido y hacer una exploración, la comenzamos a palpar.
El jueves pasado nos reunimos siete personas en un punto de la ciudad con el propósito de recorrer una ruta y dejarnos llevar por ella. Gustavo Lipkau, arquitecto, e Ilana Boltvinik, artista visual y curadora del proyecto Paseos espaciales/space walks nos propusieron lo siguiente para esta ruta: intentar recuperar aquellos puntos de referencia que se nos pierden del horizonte. Hacer un ejercicio para encontrar los llamados “remates visuales” aquellos puntos de fuga donde se delatan los límites, los bordes, las distancias de un lugar a otro.
Comenzamos el recorrido en bicicleta, y así constatamos que las buenas intenciones del gobierno de la ciudad para instalar un programa de préstamo de bicis todavía se quedan cortas ante la falta de infraestructura y cultura ciclista que se requieren para lograr hacer de las bicis un verdadero medio de transporte cotidiano. Andar entre las calles de la condesa es realizable pero imposible salir a Circuito Interior (un borde implacable para bicis y peatones que quieren cruzar).
Mazatlán y Durango son una buena alternativa para la bici, excepto por la falta de rampas al centro de los camellones. Llegamos a la glorieta de la Cibeles y continuamos ahora a pie por la misma calle, dirección al centro histórico. Luego hacemos parte del trayecto sobre avenida Chapultepec, en el carril designado para bicis donde andar en una es lo último deseado. El sol en el zenit, polvo en los ojos y la contaminación auditiva nos remiten de inmediato a otro ambiente. Cruzamos ya dos barrios: la condesa y la roma, y entramos a otro: la colonia Doctores. La conversación también se llena de imágenes: películas, música, objetos. Nos asomamos de pronto a un callejón, una vecindad, a una tienda. Al atravesar las calles y avenidas, nos detenemos unos segundos en medio y los ojos alcanzan más lejos, y descubrimos torres, cúpulas, banderas, las alas de un ángel en bronce.
Vamos configurando un nuevo paisaje, uno que ha estado ahí, que pareciera invisible sin serlo. y terminamos en La Celda del Claustro de Sor Juana, donde surgió la idea de realizar estos ejercicios de exploración urbana. El proyecto queda en la red, en el blog: http://glblog001rematesvisuales.blogspot.com
Aún hay otras rutas por explorar. Más info: http://urbanexplorationsystem.com/, Facebook,
P.D. Hoy descubrí un sitio súper útil para estar al tanto de lo que sucede con la movilidad en la ciudad y cómo llegar de un lado a otro: http://transeunte.org/
Ahora la llaman la ciudad de la eterna balacera. Para mí, no es el escape de fin de semana, las albercas y los antros. Para mí es la ciudad donde pasé de niña a adolescente, donde descubrí la libertad de andar en bicicleta y de salir a las calles sin el temor neurótico de mi madre después de haber crecido en el DF. Es el kiosco del centro el viernes por la tarde, con sus nubes de pájaros sobre las bancas y bailar al ritmo de tambores africanos o ver a los señores bailar danzón. Ir al Teatro Morelos a ver una película extranjera por un boleto de sólo 20 pesos (al menos hace unos años). Por eso cuando mis padres me hablan de “toques de queda”, muertos colgados, o una casa donde descuartizaban personas todo me suena a película de ficción. Y sin embargo, la realidad es tan cercana que no hay forma de hacerse a un lado y esquivarla.
I
Mejor no salimos. No sabemos si sea una broma, una promesa o una amenaza. Javi pensaba ir como cualquier viernes al cine con sus amigos de la secundaria, pero se empezó a correr la voz en la escuela que los narcos habían decretado toque de queda. Un correo circuló por internet desde el jueves y los maestros y algunos padres aceleraron la dispersión del pánico.
“Por medio de esta presente a toda la ciudadanía de Morelos una vez informada de nuestros movimientos se les avisa que el día viernes 16 de abril se dará el toque de queda, esto significa que a partir de las 20:00 hrs se les recomienda no salir por que estaremos en operativo”.
Con ese lenguaje que denota mala sintaxis, gramática y ortografía pero que aspira a ser “correcto o propio”, un supuesto miembro del Cártel Pacífico Sur logró demostrar una capacidad de poder mayor a la del gobierno. Dejó claro quién tiene el control. La versión oficial, si es que hubo alguna, no llegó nunca a los ciudadanos, se quedó muy atrás de la velocidad y eficacia con la que propagaron la psicosis un grupo de criminales.
A través de canales de televisión local vimos imágenes de una ciudad atemorizada. Restaurantes, bares y comercios cerrados, calles vacías, extrañadas por el silencio inusitado en un viernes por la noche, que la noche de más afluencia en la capital de Morelos. Esperábamos algo… ya sea una alerta noticiosa que confirmara los mensajes o un mensaje del gobernador o la policía que lo desmintiera. Nada. Nos fuimos a dormir con una sensación de frustración más que de miedo.
II
Dos patrullas impedían el paso a los vehículos sobre la avenida donde tenía que dar vuelta para entrar a la calle donde está su casa. Se acercó a un policía y se asomó para pedirle que la dejara pasar.
—¡No, no puede pasar! Hubo una balacera
—Oiga, pero voy a mi casa, vivo a dos cuadras, necesito llegar…
—Que se vaya señora, no se quiere arriesgar a que la maten, sígase.
Un cadáver cubierto por una chamarra yacía a un lado del carril. No tendría mucho de haber caído porque todavía no causaba mucho tráfico. Después de unos minutos, una ambulancia se lo llevó. Es un muerto más de los cincuenta que van desde que empezó el año en esta guerra entre sicarios. Es uno más de los que se escucha en las noticias… pero cuando hay balazos y muertos a la vuelta de tu esquina, ese “uno más” se vuelve tangible, y el miedo adquiere forma y deja un sabor agrio en la boca.
III
Mari llegó con el periódico en la mañana y muy agitada decía:
— Es aquí arriba, ahí encontraron la casa…
— ¿Cuál casa? A ver…
— Mire, acá más adelante, como si fuera a la iglesia… yo paso por ahí muy seguido, señora.
La nota no explicaba mucho. Sólo decía que militares habían asegurado una casa donde había armas de fuego, cuchillos, una sierra eléctrica, cartuchos y cobijas, con lo que ejecutaban y se deshacían de las víctimas. La foto de los ‘instrumentos’ disparó en mi mente las más horrendas imágenes. Hacer un cuerpo añicos es algo que apenas puedo concebir, pero imaginarlo sucediendo a unos cientos de metros de mi casa es como sentir a un fantasma respirar a tu lado. La cercanía del lugar de los hechos le da una dimensión más asequible a esta guerra que cada día es más difícil ignorar, una guerra descontrolada, enredosa (no soy capaz de seguir el hilo de quién lucha contra quién y por qué) pero muy real.
Siempre fui de las niñas que no eran buenas para los deportes. Veía la pelota venir hacia mí y yo corría en dirección contraria. De futbol, nunca se hablaba en mi casa. A mi padre le parecía un juego tonto y yo crecí pensando que así era, el juego más idiota e inútil existente. Hasta que me fui a vivir con un apasionado de futbol, europeo además. Serbio-francés, para ser precisa. Afortunadamente no es de los tipos que sólo prenden la tele el domingo para ver futbol, pero no perdona no ver las copas europeas y… el mundial, ¡bueeenoooo! Es como… (creo que no hay ningún equivalente para mí) entonces el Mundial pasado, Alemania 2006, para mí fue entrar en la dimensión desconocida. Comenzó unos meses antes, con su fervor por el álbum conmemorativo. Compraba por bonches a veces y la casa se llenaba de envolturas de estampitas. Llenó una cajita con todas las repetidas para intercambiarlas. Lo más curioso es que a donde quiera que íbamos, en los cafés o en el parque, si veía a alguien con una estampa, rápidamente se acercaba para se darle su tarjeta y así organizar el posterior trueque de calcomanías. Me sorprendió que nadie lo tomaba como a un loco…al contrario, era un lenguaje compartido, y ajeno para mí. De las dichosas quinielas menos había oído hablar. No tardó en entrarle a una… todo era muy confuso para mí, pero las apuestas y el azar tampoco son mi fuerte. Cuando llegó el inicio del mundial, me advirtió: “Durante un mes, la tele es mía”. Lo quería envenenar.
Pero el primer partido de Serbia llegó y me invitó a verlo en una pantalla que colocaron ex profeso en el Parque México. Me intrigaba ver si había más serbios viviendo en México. En realidad, no logré ver a ninguno entre la multitud argentina (esa sí que es una enorme comunidad en la ciudad) pero lo que me mantuvo entretenida durante el partido fue servir de apoyo moral a los pocos que íbamos en contra de la corriente. Con cuatro goles en contra y cero a favor, era una buena causa apoyar a los serbios. El partido en la pantalla poco importó; el verdadero drama estaba en el parque. Los argentinos gritaban y festejaban su victoria; a nosotros se nos partía un poco el corazón. Unos días después, en ánimo de solidaridad, puse el despertador para el partido de México contra los mismos argentinos arrasadores. Mi novio no lograba levantarse de la cama, pero ahí estaba yo, sola y sin un ápice de conocimiento futbolístico, viendo a 22 tipos correr detrás de una pelota. ¡Yo, viendo un partido en la tele! ¡Yo, esperanzada de que el equipo nacional no se dejara ganar…. increíble!
La siguiente vez nos tocó una victoria por fin: Francia derrotó a Brasil y pasó a la final. La fiesta en el parque era in regocijo: brasileños tocando percusiones y bailando, los franceses saltando abrazados… Y bueno… ya para la final, con todo el drama de Zidane y los franceses que perdieron la copa en penalties contra los italianos, no me reconocía a mí misma.
Aquel deporte que me parecía estupidizante y absurdo logró emocionarme, aunque fuera unos instantes, y es que, cualquiera puede entrar al juego, no hace falta más que un poco de sentido común para ver un partido (a diferencia de otros deportes donde se requiere un conocimiento amplio de las reglas y mecánicas), y lo más irresistible fue vivir una unión temporal con todo tipo de personas, de cualquier edad, sexo o nacionalidad… en un momento eufórico como pocas veces he visto.
No me he vuelto amante del futbol ni mucho menos, pero ya no me agobia que este próximo verano se torne en un maratón de balones.
No hay otro lugar donde la gente pueda ir a hojear las revistas más recientes como en Sanborn’s. En la peluquería o en las oficinas de los médicos con suerte se puede conseguir una revista medio deshojada, de hace varios meses (¡o años!) y ni esperar leer algo sobre los temas que a uno le interesan. Por eso esta tienda tiene algo que otros lugares no. Hay todos los temas que a uno se le ocurran: desde manualidades y decoración, hasta política, viajes y cultura.
Un martes a las cinco de la tarde en una sucursal de Insurgentes en la colonia Roma me asomo para ver, por primera vez no a las revistas, sino a los lectores. Ellos también ofrecen una lectura particular. De inmediato noto que hay un hombre de estatura baja, calvo, de anteojos y que viste un chaleco amarillo con rombos. Me acerco discretamente, miro de reojo y la revista que lee me parece conocida. El diseño es igual al de una revista donde escribo. Pensar que ese extraño pudiera leer algo que yo he escrito me impulsa a abordarlo.
—Hola, ¿qué revista está leyendo?
—Una de luchas —me dice y muestra la portada.
—Ah, cierto. Gracias.
Se derrumbó la inesperada fantasía de ponerle un rostro a uno de quizá dos lectores que tengo. Me corta la inspiración, pero me da la confianza que me hacía falta para preguntarle a un par de personas sobre la revista que están hojeando. El tipo de camisa azul rayada me quiere impresionar. “Soy arquitecto. Me gusta venir y ver revistas de diseño para refrescar las ideas, estar al tanto de nuevos proyectos, materiales, en fin”. El siguiente es un muchacho joven que lee una de deportes. “En realidad, soy fotógrafo y sí compro algunas revistas de ese tema para mi trabajo, pero aprovecho para entretenerme un rato con las de deportes”.
Le doy las gracias y no sé con quién seguir. Me da un poco de risa la manera de vestir de mi primera víctima. El señor calvo de chaleco. Está justo a mi lado, no se ha ido.
Vamos, regreso con él.
—Perdón que vuelva a interrumpirlo pero estoy haciendo un ejercicio y me interesa saber por qué lee una revista de luchas, ¿usted es aficionado?
—No, no, sólo me gusta hojearla… así a veces cuando tengo tiempo, como ahorita vengo saliendo de un taller este, de como se llama, de integración, bueno de, donde manejamos gente que ha pasado por la depresión, la violencia, la angustia, en fin…
—Entonces, ¿no va a las luchas?
—No, no. Yo estoy en esto de, esto de las terapias aquí en Casa de Ángeles cerca de aquí, de Campeche, ¿no lo conoce?
—No, la verdad, no
—Sí, mire, todo esto lo hizo José Ramón, el psicólogo que ha estudiado mucho en Estados Unidos. Yo llegué a él después de pasar por la separación de mi esposa, y —en tono muy bajito agrega— la muerte de mi padre. Pero ahora soy otro. Todos los que entramos ahí, realmente nos cambia la vida.
—Nunca he escuchado de esa terapia, parece milagrosa, ¿lo anuncian en algún lado?
—Sí, en la televisión y por una estación de radio y en internet. Nosotros les enseñamos a controlar el miedo porque, usted debe saber que, todo lo que hace la televisión y las noticias es meterle miedo a la gente, por eso nosotros ya nunca las vemos.
“Entonces la televisión es mala, sobre todo las noticias, pero ese es su medio de difusión”, pienso. Antes de que pueda señalarle la contradicción, el hombre sigue:
—Ah, también mucha gente ha llegado por TAO, una tienda naturista, así y pues mucha gente va llegando solita, como ahorita por ejemplo, tú te acercastes, pues así me ha pasado antes con otras señoras. Mire, estos son los cursos que damos, de, de, de… de Bienestar Integral.
Saca de un morral de piel una libreta, una serie de hojas fotocopiadas y engargoladas con la foto de José Ramón Ramos Silva en la portada. “Ah, ok”, digo con la esperanza de que no se de cuenta que me causa un poco de risa la escena. De hecho, me da curiosidad ver qué contiene el impreso, pero tan pronto me dispongo a tomarlo, el hombre lo usa de utilería para hacer énfasis en su teoría de complot: “Es que desde los 70 todo ha sido dominado para controlar a la gente, para lo que le conviene al gobierno. El Big Brother. La influenza… por supuesto que son puras mentiras. ¿Para qué? para controlar a la gente, para que la gente tenga miedo. Antes, con cinco pesos eras millonario, no tenías problemas en la vida. Ahora son puras mecanicinaciones. ¿Dónde están los sentimientos? Porque le voy a decir la clave de todo, ¿usted sabe qué es?
—¿Hay una clave para todo? No sé, ¿cuál es?
El AMOR. Eso es lo único que puede funcionar. La luz que nos puede iluminar es amor. Eso es lo que le hacemos ver a la gente. Y no nos metemos con ninguna religión, eh. No se trata de eso. Cualquier persona puede venir y ver por sí mismo.
—¿Y usted cree que en esos talleres la gente puede cambiar?
—Por supuesto. Aquí nos han enseñado de que tú mandas el mensaje, ¿ves? Y luego luego ves el cambio, la gente tiene que cambiar. La que no lo haga, se va a ir, ya ves todo lo del 2010 y los mayas. Ha-has-hasta lo han estudiado mucho en la universidad de, de, de… Hogwarts… ¿como se llama… la muy famosa?
—¿Harvard?
—Harvard, esa. Todos somos energía, aunque no lo sepamos. Todo es por la metafísica.
—Ustedes serían mejor que un libro de auto-ayuda entonces…
Mmm, mi-mira, es lo mismo que con el libro este de Secretos. No hay que decir “Quiero un carro”, sino “Deseo un carro”, y lo decretas todo el día, entonces lo vas a conseguir. Sólo haz todo con amor y verás. Si tú realmente lo crees, lo vas a lograr.
Me gusta la primavera porque los días se alargan, hace calorcito y puedo usar ropa más ligera. El equinoccio de primavera se siente como un inicio a tres meses de haber comenzado el año. Me gustan los comienzos. Debo confesar que mi vicio más grande es comenzar muchas cosas y no terminar todo, como cuando a la mitad de un libro, me aburro y comienzo a leer otro. Ya estoy trabajando en ese defecto. Ahora lo que hago es seguir leyendo los dos…










