Posts Tagged ‘crónica’

1 September
2010
escrito por Cynthia Arvide

Qué difícil es encontrar una buena historia. La mayoría del tiempo de un periodista se va en estar atento, escuchando, viendo, buscando, todos los días. Y eso no garantiza que descubramos el próximo gran bombazo. Qué maravilla cuando nos llega una pista, y eso nos lleva a jalar de un hilo y encontrar toda una montaña detrás. Y que podamos entrar, entrevistar, indagar, y publicar esa realidad, para que otros la conozcan.

Hace unos meses me encontró una historia. Involucraba a varios artistas plásticos y algo que tenían en común: dicen haber sido estafados por la misma persona. Un supuesto art dealer que les inspiró la confianza de ‘mover’ su obra. Sólo que una vez vendida, no aparecía ni él ni el pago. Una estafa, al parecer, demasiado fácil de llevar a cabo, y de repetir una y otra vez. Quizá hasta que dejen de creerle. Quizá hasta que se investiguen los casos y se aplique la ley.

Por lo pronto, la historia ya salió. Este mes de septiembre, en la revista Chilango, mi Crónica de una estafa cuenta las distintas versiones. También la del presunto implicado, quien aceptó posar para la cámara, siempre y cuando “no le den las fotos a la policía”.

Próximamente, subiré el link al reportaje o el PDF. Mientras, vayan por la revista y léanlo. Díganme qué opinan y corran la voz, no vaya a ser que algún día los quieran timar.

11 May
2010
escrito por Cynthia Arvide

Entran en pants y sudaderas, con el cabello recogido y caras lavadas,  y arrastran maletas y bolsas como de gimnasio hasta los baños, al fondo del local. Una tras otra, las actrices de la noche comienzan el ajetreo habitual de esta calle del centro de la Ciudad de México. Por debajo de la puerta asoman pies que se van acomodando en zapatos de tacón; y por arriba, manos que forcejean con el vestuario cargado de olanes y listones. Los baños para mujeres es un cuarto de 2 x 2 metros, con un dos lavabos y dos minúsculos compartimientos para los WC. Ahí, entre maletas, medias de red, pelucas, estuches de maquillaje y varios pares de zapatos, las cuatro se preparan para otra noche de trabajo.
“Y ahora, con ustedes, Maaadonna”, anuncia el DJ y presentador, enmarcado por una concha gigante que brilla en distintos colores. Corset blanco y shorts de licra, zapatos rojos de tacón, guantes y un cabello rubio de aspecto artificial brincotean por el escenario bajo los efectos de una luz parpadeante. Esta chica material tiene un público que la adora aunque sólo finja que canta, aunque sólo venda la ilusión de ser otra persona, aunque sepamos que no es una chica. Sus bailarines de apoyo son dos hombres de más de 30 años, con una ligera barriga que nos recuerda que aquí lo que importa no es que sean talentosos, sino que sepan crear una fantasía.
Los ídolos gays más cliché nos entretienen uno por uno: Cindy Lauper, Madonna, Cher y Tina Turner, en un primer espectáculo. Más tarde, será el turno de las latinas: Gloria Estefan, Milly Quezada y Doña Celia Cruz. Con el último aplauso salen por un lado del escenario, y salen apresuradamente a la calle aún vestidas y peinadas. Sin descanso, probablemente repiten el mismo número en otro bar a unos cuantos pasos de La Perla.
La misma Tina Turner que nos conquistó con su peluca exagerada y vestido mini de flequillos ahora circula entre las mesas tomando fotografías para la página de internet, y dentro de un par de horas cambiará de peluca y de zapatos para enloquecer al público con “La Vida es un Carnaval”. Cuando baila con su vestido adornado con un borde de peluche blanco, las mesas llenas de vasos vacíos y jarras de cerveza se agitan por unos minutos.
Termina la canción y en segundos la gente vuelve a hacer suya la pista de baile. Las camisas ya están húmedas, alguna muchacha prefirió quitarse los zapatos… como pasaría en muchas de las bodas, se han deshecho los peinados, se ha diluido el maquillaje y las parejitas han perdido la pena inicial. Con música que se consideraba “los éxitos del momento” hace 10 o 15 años, la multitud se entusiasma. Sin que nadie lo note, de los baños salen en fila unas sombra que llevan sus maletas llenas de pestañas falsas y de ilusiones en las que sólo ellas quieren seguir creyendo.

27 April
2010
escrito por Cynthia Arvide

Ahora la llaman la ciudad de la eterna balacera. Para mí, no es el escape de fin de semana, las albercas y los antros. Para mí es la ciudad donde pasé de niña a adolescente, donde descubrí la libertad de andar en bicicleta y de salir a las calles sin el temor neurótico de mi madre después de haber crecido en el DF. Es el kiosco del centro el viernes por la tarde, con sus nubes de pájaros sobre las bancas y bailar al ritmo de tambores africanos o ver a los señores bailar danzón. Ir al Teatro Morelos a ver una película extranjera por un boleto de sólo 20 pesos (al menos hace unos años). Por eso cuando mis padres me hablan de “toques de queda”, muertos colgados, o una casa donde descuartizaban personas todo me suena a película de ficción. Y sin embargo, la realidad es tan cercana que no hay forma de hacerse a un lado y esquivarla.
I
Mejor no salimos. No sabemos si sea una broma, una promesa o una amenaza. Javi pensaba ir como cualquier viernes al cine con sus amigos de la secundaria, pero se empezó a correr la voz en la escuela que los narcos habían decretado toque de queda. Un correo circuló por internet desde el jueves y los maestros y algunos padres aceleraron la dispersión del pánico.

“Por medio de esta presente a toda la ciudadanía de Morelos una vez informada de nuestros movimientos se les avisa que el día viernes 16 de abril se dará el toque de queda, esto significa que a partir de las 20:00 hrs se les recomienda no salir por que estaremos en operativo”.
Con ese lenguaje que denota mala sintaxis, gramática y ortografía pero que aspira a ser “correcto o propio”, un supuesto miembro del Cártel Pacífico Sur logró demostrar una capacidad de poder mayor a la del gobierno. Dejó claro quién tiene el control. La versión oficial, si es que hubo alguna, no llegó nunca a los ciudadanos, se quedó muy atrás de la velocidad y eficacia con la que propagaron la psicosis un grupo de criminales.

A través de canales de televisión local vimos imágenes de una ciudad atemorizada. Restaurantes, bares y comercios cerrados, calles vacías, extrañadas por el silencio inusitado en un viernes por la noche, que la noche de más afluencia en la capital de Morelos. Esperábamos algo… ya sea una alerta noticiosa que confirmara los mensajes o un mensaje del gobernador o la policía que lo desmintiera. Nada. Nos fuimos a dormir con una sensación de frustración más que de miedo.

II
Dos patrullas impedían el paso a los vehículos sobre la avenida donde tenía que dar vuelta para entrar a la calle donde está su casa. Se acercó a un policía y se asomó para pedirle que la dejara pasar.
—¡No, no puede pasar! Hubo una balacera
—Oiga, pero voy a mi casa, vivo a dos cuadras, necesito llegar…
—Que se vaya señora, no se quiere arriesgar a que la maten, sígase.

Un cadáver cubierto por una chamarra yacía a un lado del carril. No tendría mucho de haber caído porque todavía no causaba mucho tráfico. Después de unos minutos, una ambulancia se lo llevó. Es un muerto más de los cincuenta que van desde que empezó el año en esta guerra entre sicarios. Es uno más de los que se escucha en las noticias… pero cuando hay balazos y muertos a la vuelta de tu esquina, ese “uno más” se vuelve tangible, y el miedo adquiere forma y deja un sabor agrio en la boca.

III
Mari llegó con el periódico en la mañana y muy agitada decía:
— Es aquí arriba, ahí encontraron la casa…
— ¿Cuál casa? A ver…
— Mire, acá más adelante, como si fuera a la iglesia… yo paso por ahí muy seguido, señora.

La nota no explicaba mucho. Sólo decía que militares habían asegurado una casa donde había armas de fuego, cuchillos, una sierra eléctrica, cartuchos y cobijas, con lo que ejecutaban y se deshacían de las víctimas. La foto de los ‘instrumentos’ disparó en mi mente las más horrendas imágenes. Hacer un cuerpo añicos es algo que apenas puedo concebir, pero imaginarlo sucediendo a unos cientos de metros de mi casa es como sentir a un fantasma respirar a tu lado. La cercanía del lugar de los hechos le da una dimensión más asequible a esta guerra que cada día es más difícil ignorar,  una guerra descontrolada, enredosa (no soy capaz de seguir el hilo de quién lucha contra quién y por qué) pero muy real.

11 April
2010
escrito por Cynthia Arvide

Siempre fui de las niñas que no eran buenas para los deportes. Veía la pelota venir hacia mí y yo corría en dirección contraria. De futbol, nunca se hablaba en mi casa. A mi padre le parecía un juego tonto y yo crecí pensando que así era, el juego más idiota e inútil existente. Hasta que me fui a vivir con un apasionado de futbol, europeo además. Serbio-francés, para ser precisa. Afortunadamente no es de los tipos que sólo prenden la tele el domingo para ver futbol, pero no perdona no ver las copas europeas y… el mundial, ¡bueeenoooo! Es como… (creo que no hay ningún equivalente para mí) entonces el Mundial pasado, Alemania 2006, para mí fue entrar en la dimensión desconocida. Comenzó unos meses antes, con su fervor por el álbum conmemorativo. Compraba por bonches a veces y la casa se llenaba de envolturas de estampitas. Llenó una cajita con todas las repetidas para intercambiarlas. Lo más curioso es que a donde quiera que íbamos, en los cafés o en el parque, si veía a alguien con una estampa, rápidamente se acercaba para se darle su tarjeta y así organizar el posterior trueque de calcomanías. Me sorprendió que nadie lo tomaba como a un loco…al contrario, era un lenguaje compartido, y ajeno para mí. De las dichosas quinielas menos había oído hablar. No tardó en entrarle a una… todo era muy confuso para mí, pero las apuestas y el azar tampoco son mi fuerte. Cuando llegó el inicio del mundial, me advirtió: “Durante un mes, la tele es mía”. Lo quería envenenar.
Pero el primer partido de Serbia llegó y me invitó a verlo en una pantalla que colocaron ex profeso en el Parque México. Me intrigaba ver si había más serbios viviendo en México. En realidad, no logré ver a ninguno entre la multitud argentina (esa sí que es una enorme comunidad en la ciudad) pero lo que me mantuvo entretenida durante el partido fue servir de apoyo moral a los pocos que íbamos en contra de la corriente. Con cuatro goles en contra y cero a favor, era una buena causa apoyar a los serbios. El partido en la pantalla poco importó; el verdadero drama estaba en el parque.  Los argentinos gritaban y festejaban su victoria; a nosotros se nos partía un poco el corazón. Unos días después, en ánimo de solidaridad, puse el despertador para el partido de México contra los mismos argentinos arrasadores. Mi novio no lograba levantarse de la cama, pero ahí estaba yo, sola y sin un ápice de conocimiento futbolístico, viendo a 22 tipos correr detrás de una pelota. ¡Yo, viendo un partido en la tele! ¡Yo, esperanzada de que el equipo nacional no se dejara ganar…. increíble!
La siguiente vez nos tocó una victoria por fin: Francia derrotó a Brasil y pasó a la final.  La fiesta en el parque era in regocijo:  brasileños tocando percusiones y bailando, los franceses saltando abrazados…  Y bueno… ya para la final, con todo el drama de Zidane y los franceses que perdieron la copa en penalties contra los italianos, no me reconocía a mí misma.
Aquel deporte que me parecía estupidizante y absurdo logró emocionarme, aunque fuera unos instantes, y es que, cualquiera puede entrar al juego, no hace falta más que un poco de sentido común para ver un partido (a diferencia de otros deportes donde se requiere un conocimiento amplio de las reglas y mecánicas), y lo más irresistible fue vivir una unión temporal con todo tipo de personas, de cualquier edad, sexo o nacionalidad… en un momento eufórico como pocas veces he visto.
No me he vuelto amante del futbol ni mucho menos, pero ya no me agobia que este próximo verano se torne en un maratón de balones.

31 March
2010
escrito por Cynthia Arvide

No hay otro lugar donde la gente pueda ir a hojear las revistas más recientes como en Sanborn’s. En la peluquería o en las oficinas de los médicos con suerte se puede conseguir una revista medio deshojada, de hace varios meses (¡o años!) y ni esperar leer algo sobre los temas que a uno le interesan. Por eso esta tienda tiene algo que otros lugares no. Hay todos los temas que a uno se le ocurran: desde manualidades y decoración, hasta política, viajes y cultura.
Un martes a las cinco de la tarde en una sucursal de Insurgentes en la colonia Roma me asomo para ver, por primera vez no a las revistas, sino a los lectores. Ellos también ofrecen una lectura particular. De inmediato noto que hay un hombre de estatura baja, calvo, de anteojos y que viste un chaleco amarillo con rombos. Me acerco discretamente, miro de reojo y la revista que lee me parece conocida. El diseño es igual al  de una revista donde escribo. Pensar que ese extraño pudiera leer algo que yo he escrito me impulsa a abordarlo.
—Hola, ¿qué revista está leyendo?
—Una de luchas —me dice y muestra la portada.
—Ah, cierto. Gracias.

Se derrumbó la inesperada fantasía de ponerle un rostro a uno de quizá dos lectores que tengo. Me corta la inspiración, pero me da la confianza que me hacía falta para preguntarle a un par de personas sobre la revista que están hojeando. El tipo de camisa azul rayada me quiere impresionar. “Soy arquitecto. Me gusta venir y ver revistas de diseño para refrescar las ideas, estar al tanto de nuevos proyectos, materiales, en fin”. El siguiente es un muchacho joven que lee una de deportes. “En realidad, soy fotógrafo y sí compro algunas revistas de ese tema para mi trabajo, pero aprovecho para entretenerme un rato con las de deportes”.
Le doy las gracias y no sé con quién seguir. Me da un poco de risa la manera de vestir de mi primera víctima. El señor calvo de chaleco. Está justo a mi lado, no se ha ido.
Vamos, regreso con él.

—Perdón que vuelva a interrumpirlo pero estoy haciendo un ejercicio y me interesa saber por qué lee una revista de luchas, ¿usted es aficionado?
—No, no, sólo me gusta hojearla… así a veces cuando tengo tiempo, como ahorita vengo saliendo de un taller este, de como se llama, de integración, bueno de, donde manejamos gente que ha pasado por la depresión, la violencia, la angustia, en fin…
—Entonces, ¿no va a las luchas?
—No, no. Yo estoy en esto de, esto de las terapias aquí en Casa de Ángeles cerca de aquí, de Campeche, ¿no lo conoce?
—No, la verdad, no
—Sí, mire, todo esto lo hizo José Ramón, el psicólogo que ha estudiado mucho en Estados Unidos. Yo llegué a él después de pasar por la separación de mi esposa, y —en tono muy bajito agrega— la muerte de mi padre. Pero ahora soy otro. Todos los que entramos ahí, realmente nos cambia la vida.
—Nunca he escuchado de esa terapia, parece milagrosa, ¿lo anuncian en algún lado?
—Sí, en la televisión y por una estación de radio y en internet. Nosotros les enseñamos a controlar el miedo porque, usted debe saber que, todo lo que hace la televisión y las noticias es meterle miedo a la gente, por eso nosotros ya nunca las vemos.

“Entonces la televisión es mala, sobre todo las noticias, pero ese es su medio de difusión”, pienso. Antes de que pueda señalarle la contradicción, el hombre sigue:

—Ah, también mucha gente ha llegado por TAO, una tienda naturista, así y pues mucha gente va llegando solita, como ahorita por ejemplo, tú te acercastes, pues así me ha pasado antes con otras señoras. Mire, estos son los cursos que damos, de, de, de… de Bienestar Integral.

Saca de un morral de piel una libreta, una serie de hojas fotocopiadas y engargoladas con la foto de José Ramón Ramos Silva en la portada. “Ah, ok”, digo con la esperanza de que no se de cuenta que me causa un poco de risa la escena. De hecho, me da curiosidad ver qué contiene el impreso, pero tan pronto me dispongo a tomarlo, el hombre lo usa de utilería para hacer énfasis en su teoría de complot: “Es que desde los 70 todo ha sido dominado para controlar a la gente, para lo que le conviene al gobierno. El Big Brother. La influenza… por supuesto que son puras mentiras. ¿Para qué? para controlar a la gente, para que la gente tenga miedo. Antes, con cinco pesos eras millonario, no tenías problemas en la vida. Ahora son puras mecanicinaciones. ¿Dónde están los sentimientos? Porque le voy a decir la clave de todo, ¿usted sabe qué es?

—¿Hay una clave para todo? No sé, ¿cuál es?

El AMOR. Eso es lo único que puede funcionar. La luz que nos puede iluminar es amor. Eso es lo que le hacemos ver a la gente. Y no nos metemos con ninguna religión, eh. No se trata de eso. Cualquier persona puede venir y ver por sí mismo.

—¿Y usted cree que en esos talleres la gente puede cambiar?

—Por supuesto. Aquí nos han enseñado de que tú mandas el mensaje, ¿ves? Y luego luego ves el cambio, la gente tiene que cambiar. La que no lo haga, se va a ir, ya ves todo lo del 2010 y los mayas. Ha-has-hasta lo han estudiado mucho en la universidad de, de, de… Hogwarts… ¿como se llama… la muy famosa?
—¿Harvard?
—Harvard, esa. Todos somos energía, aunque no lo sepamos. Todo es por la metafísica.
—Ustedes serían mejor que un libro de auto-ayuda entonces…
Mmm, mi-mira, es lo mismo que con el libro este de Secretos. No hay que decir “Quiero un carro”, sino “Deseo un carro”, y lo decretas todo el día, entonces lo vas a conseguir. Sólo haz todo con amor y verás. Si tú realmente lo crees, lo vas a lograr.

8 December
2009
escrito por Cynthia Arvide

Son las 4 a.m. Falta un par de horas para que salga el sol cuando descargan los trailers, pick-ups y otro tipo de vehículos de gran tamaño en los andenes del “Mercado de subastas y productos”, donde cada día se negocia el precio del maíz, cebolla, naranja o chile serrano por tonelada, al estilo de la bolsa de valores. Los corredores compran por camión, y de ahí se van a distribuir al resto del país, por lo general a los supermercados.

6 a.m. El cielo comienza a aclararse y salen personas de todos lados, que van a algún sitio con prisa. Nos lleva “la güera”, jefa de nave, que sabe moverse como un ratón que ha dominado su laberinto, en su recorrido por la “OP” y otras naves del mercado de frutas y verduras, una de las cinco grandes áreas en las que se divide la Central de Abasto. De inmediato nos envuelve una nube de olores intensa: del perfume de la guayaba y el aroma del melón maduro a la pestilencia del plátano pasado. Hay que caminar siempre por la orilla en estos largos pasillos y fijarse bien antes de detenerse pues los diableros o carretilleros, no se paran con nada, y traen desde una hasta 15 quince cajas llenas con potencial para destrozar los pies de cualquier despistado. Es un constante rechiflar, una gritería.

7 a.m. Es hora de comer un tamal, puede ser con telera o solo, y un atole de pinole, para asentar el estómago (pero hasta el piso, con esa bomba de maicena). A todas horas se puede comer algo, lo más popular son los tacos de carnitas, los caldos, los sopes y los huaraches. Pero no faltan los jugos de fruta para los que se sienten a dieta por un rato.

Vamos al recorrido por las naves. Al pasar por el área de los chiles, no se puede respirar sin sentir el ardor en la garganta, comienzas a estornudar, a toser, escuchas lo mismo de otros… aunque algunos se han hecho inmunes.

Los diableros invaden el carril central de la nave con sus diablos y esperan a que alguno de los bodegueros los contrate para llevar mercancía. Todos deben estar registrados en el Fideicomiso de la central de Abasto, que les otorga una credencial para identificarse, pero hay muchos que se logran infiltrar y una vez que les han dado la mercancía, desaparecen con ella. La ley del más fuerte… o del más gandalla.

Todo es una constante negociación. “Te encargo esas cajas… no pueden estar ahí”. “Sí, nada más tantito mientras descargamos… ¿no va a llevar un melón?”. Dependiendo del día, regresará por uno para llevarse a casa. “¿De cuáles quiere?”, “de las que le das al patrón” contesta como si no existiera ninguna otra respuesta posible.

En las crujías o pasillos laterales es seguro encontrar cajas y mercancía fuera de lugar. Ahí se ponen siempre los pepenadores, grupos de personas que recogen todo lo que pueden: cajas que quedan olvidadas, producto que sacan de los camiones, buscan entre los desperdicios y aprovechan si hay alguna mercancía (a la vista pero sin supervisión) para juntar todo y venderlo. Unas cinco mujeres, todas bajitas como de 1.45 m, ríen nerviosamente cuando pasamos por ahí. “¿Ahora sí ya me van a hacer caso?”, pregunta Reina. “Sí, sí, ya sabemos que tenemos que obedecer… tú nos dices. ¿No quiere unos jitomatitos pa la salsa?”.

A todos saluda, platica un poco con algunos. En el camino compra una libreta para su hija con un vendedor ambulante (registrado) que ofrece los letreros fosforescentes con los que los marchantes anuncian sus precios y que, además, son muestra del ingenio popular local: “ 3.00 kilo, ah, qué chido”, “5.00 kilo, ¿cuál crisis?”, “2.90 kilo, chulada”, “papas, para freír al 100%”, “mamey, bien chingón”.

En esta pequeña, -bueno, es un decir- ciudad, hay todo: bancos, un cine, un centro comercial, un “Spa para caballeros”, un albergue infantil, ministerio público y hasta registro civil. Pronto se construirá una iglesia. Aunque el dios más venerado será el fajo de billetes.