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11 May
2010
escrito por Cynthia Arvide

Entran en pants y sudaderas, con el cabello recogido y caras lavadas,  y arrastran maletas y bolsas como de gimnasio hasta los baños, al fondo del local. Una tras otra, las actrices de la noche comienzan el ajetreo habitual de esta calle del centro de la Ciudad de México. Por debajo de la puerta asoman pies que se van acomodando en zapatos de tacón; y por arriba, manos que forcejean con el vestuario cargado de olanes y listones. Los baños para mujeres es un cuarto de 2 x 2 metros, con un dos lavabos y dos minúsculos compartimientos para los WC. Ahí, entre maletas, medias de red, pelucas, estuches de maquillaje y varios pares de zapatos, las cuatro se preparan para otra noche de trabajo.
“Y ahora, con ustedes, Maaadonna”, anuncia el DJ y presentador, enmarcado por una concha gigante que brilla en distintos colores. Corset blanco y shorts de licra, zapatos rojos de tacón, guantes y un cabello rubio de aspecto artificial brincotean por el escenario bajo los efectos de una luz parpadeante. Esta chica material tiene un público que la adora aunque sólo finja que canta, aunque sólo venda la ilusión de ser otra persona, aunque sepamos que no es una chica. Sus bailarines de apoyo son dos hombres de más de 30 años, con una ligera barriga que nos recuerda que aquí lo que importa no es que sean talentosos, sino que sepan crear una fantasía.
Los ídolos gays más cliché nos entretienen uno por uno: Cindy Lauper, Madonna, Cher y Tina Turner, en un primer espectáculo. Más tarde, será el turno de las latinas: Gloria Estefan, Milly Quezada y Doña Celia Cruz. Con el último aplauso salen por un lado del escenario, y salen apresuradamente a la calle aún vestidas y peinadas. Sin descanso, probablemente repiten el mismo número en otro bar a unos cuantos pasos de La Perla.
La misma Tina Turner que nos conquistó con su peluca exagerada y vestido mini de flequillos ahora circula entre las mesas tomando fotografías para la página de internet, y dentro de un par de horas cambiará de peluca y de zapatos para enloquecer al público con “La Vida es un Carnaval”. Cuando baila con su vestido adornado con un borde de peluche blanco, las mesas llenas de vasos vacíos y jarras de cerveza se agitan por unos minutos.
Termina la canción y en segundos la gente vuelve a hacer suya la pista de baile. Las camisas ya están húmedas, alguna muchacha prefirió quitarse los zapatos… como pasaría en muchas de las bodas, se han deshecho los peinados, se ha diluido el maquillaje y las parejitas han perdido la pena inicial. Con música que se consideraba “los éxitos del momento” hace 10 o 15 años, la multitud se entusiasma. Sin que nadie lo note, de los baños salen en fila unas sombra que llevan sus maletas llenas de pestañas falsas y de ilusiones en las que sólo ellas quieren seguir creyendo.